Hace relativamente poco tiempo conocí a una persona que me ha dado mucho que pensar.
Es alguien sencillo, amigable y cercano. El tipo de gente con quien cualquiera se siente cómodo y protegido. Su sonrisa amable, sus pequeños detalles, su mirada. En pocos días me di cuenta de que era una persona especial. Transmitía alegría y estar a su lado era siempre un buen plan.
Todo lo que aquí relato es lo que me hacía sentir su presencia, su llegada cada mañana, y mi despertar menos traumático a causa del cansancio acumulado y el dificil madrugar.
El tipo este, sin embargo, tenía algo que no le permitía ser feliz las veinticuatro horas del día. Le conocía muy poco, pero pronto pude comprobar como una zanja de miedos y reminiscencias de su pasado, le ataban a una situación desagradable e inmerecida. No me cabía en la cabeza porque permitía que alguien le hiciera sufrir, le pusiera trabas a su felicidad y sobre todo, que le mantuviera en un estado de conformidad sin mínima intención de cambio, como si fuera un castigo que mereciera vivir o que estuviese destinado a ello.
No podía entenderlo, cada explicación que me daba me creaba más preguntas, y cada pregunta que le hacía tenía menos respuestas. Y me lo decía, no tenía respuestas para mis preguntas. Ya no quise escucharle más, no le hice más preguntas, no tenía argumentos que se sostuviesen para juzgar lo que hacía desde hacía ya dos años según me dijo, no sabía nada de su vida, no podía pretender saber lo que se le pasaba por la cabeza, y mucho menos pretender cambiar la vida de alguien a quien conozco de apenas dos semanas; pero me dolía la idea de que alguien le hiciera daño, que él no pensara y actuase en consecuencia.
Pero no podía entrometerme.
martes, 30 de marzo de 2010
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